El sanatorio San Francisco de Borja, la última leprosería de Europa occidental, en la provincia de Alicante, fue inaugurado en 1909, por iniciativa del padre jesuita Carlos Ferrís y del abogado Joaquín Ballester. Entonces, los leprosos estaban condenados a la exclusión. Vivian aislados en cuevas o en casas abandonadas donde acababan muriendo; muchos casi no podían andar debido a las lesiones.
Gestionada por la fundación de Fontilles, la leprosería fue erguida entre en las montañas del valle de Laguar, junto al río Girona e integra un complejo de 35 edificios. En días claros se puede divisar el mar mediterráneo y la ciudad de Dénia, el punto peninsular más cercano a las islas Baleares. Un pequeño paraíso de 70 hectáreas rodeado por una muralla de tres kilómetros y medio, construida en 1923 por exigencia de las poblaciones circundantes.
Fontilles fue durante décadas una comunidad aislada del mundo. En los años 50 llegó a alojar más de 400 enfermos, muchos de los cuales allí se casaran, tuvieron y crearon sus hijos. El descubrimiento, en 1982, de una combinación de fármacos eficiente para combatir el bacilo y la mejora de las condiciones de vida contribuyeron para una reducción drástica de nuevos casos en el mundo occidental. Hoy, la mayoría de los enfermos de lepra ocupa el pabellón blanco de cuatro torres, el icono de Fontilles. La residencia destinada a los matrimonios ya casi no tiene a nadie y la de mujeres fue convertida en unidad de geriatría común.